“Lo Único malo de la muerte es que es para siempre”

Ciento un años de soledad es el último libro de Rodolfo Braceli. En él habla de la entrevista como ficción y ensayo. Y comienza con un encuentro que tuvo con el genial escritor colombiano en Cartagena, en septiembre de 1996. En momentos en que llegan malas noticias sobre la salud de "Gabo", es una buena oportunidad releer esta entrevista en la que habla de su escritura, su madre, la muerte, la juventud y su vejez. A continuación, los principales párrafos de esta charla imperdible.

–Lo noto... algo contrariado, García Márquez.

–Es que yo estoy, primero, contra las entrevistas. Segundo, tengo en el orden de diez diarias. Entonces les debo decir que no a todas. Y en Buenos Aires me han querido entrevistar y he dicho siempre que no. Me va a matar toda la prensa, que son mis amigos, además. ¿Y qué va usted a preguntarme...?, ¿sobre Noticia de un secuestro? Es lo que digo yo: me tomo tres años para escribir el libro y lo leen rápido y vienen para que cuente el libro. Todos quieren que cuente el libro, ¡pero si ya lo escribí!

–No, no... Me gustaría conversar con usted según el azar nos lleve. Y sé muy bien que estoy profanando su tiempo. Pero yo, como usted, soy periodista y caigo en la tentación de atravesar umbrales ajenos.

–Es que el tiempo que me reservo para mí se me puede ir en entrevistas. Me despierto a las 5 de la mañana y leo hasta las 7, porque si no, me deja el tren. Y ya no vuelvo a leer más. Me he puesto una gran rigidez para la lectura. Leo de 5 a 7 y, si puedo, hasta las 8. Durante los tres años en que escribí Noticia de un secuestro no pude ver sino documentos, inteligencia, hablar con gente, fatigado. Se me iban acumulando los libros en la mesa de noche. De manera que ahora estoy atrasado en tres años de lecturas. Y ya soy muy drástico; primero por falta de tiempo, segundo porque es bastante difícil encontrar un buen libro. Pero los hay.

–También lleva su tiempo buscarlos.

–Sí, porque los libros te buscan, pero uno sabe si el libro es bueno o no es bueno cuando ya lo termina.

–Muchos opinólogos dicen que con diez o quince páginas leídas ya se sabe si el libro tiene pulso o es una porquería.

–En novela es muy sencillo saberlo, pero es también muy difícil hacerle juicio. Son muy pocas las novelas que empiezan como La metamorfosis, de Kafka, que a la primera línea te agarra ¡así! y ya no hay nada que hacer. Entonces, que ninguna novela se puede juzgar por el primer capítulo y medio. Hay que leer, leer, hasta que de pronto ¡paf! la novela te agarra. No me quiero perder la cantidad de libros que se me han ido quedando. Después de mis lecturas, a las 8 me levanto y me siento a la máquina hasta las dos y media de la tarde.

–A escribir.

–A escribir. Y ahí no me pasan llamadas de ninguna clase. Lo cual es muy difícil cuando uno es colombiano, porque las noticias lo persiguen por el mundo entero y son noticias que uno no puede pasar por alto. A las dos y media almuerzo.
(...)

–¿Tiene a su mamá viva? ¿La puede tocar con sus manos?

–Sí. Ella tiene 83, 84 años. Está aquí, en Cartagena. Ha estado muy bien hasta ahora, que ya me pregunta: "¿Y tú de quién eres hijo?". Y me acuerdo de Buñuel que empieza sus memorias así... Un día me dice eso. A los dos días recuerda todo. Es como si tuviera un falso contacto... Hay momentos que se borra por completo, pero en otros momentos, en cambio, la memoria remota es como que se refina. El de mi madre es como un saco sin fondo al que he estado todos los días sacándole recuerdos; le he pedido todo el tiempo que me explique cosas de mi infancia de las cuales yo tengo ideas muy vagas... Todavía salen muchas cosas de ese saco. Y ahora salen más porque ya no las oculta, no tiene prejuicios.

–Un manantial, su madre.

–Es un manantial, sí, muy bien... A mí me preocupa mucho, porque yo me considero un profesional de la memoria. Yo he vivido toda la vida de la memoria y empiezan ahora a olvidárseme los números de teléfono. Tengo una lista de caras y una lista de números, pero cuando los encuentro, no hay caso...

–No encajan. Será, García Márquez, que usted tiene la memoria llena, como a veces pasa con las computadoras.

–Es al revés: uno empieza a saber cómo funciona la memoria cuando conoce la computadora. Es como un disco duro, hasta que un día no se dio cuenta y lo llenó. Entonces todo eso que está en el disco duro está ahí para siempre y uno no lo olvida jamás. Pero después, como ya se llenó el disco duro, uno tiene que ir con los disquetes. Estoy en los largos años del disquete.
(...)

–Aparte de criar hijos, ¿qué otra cosa soñaba su madre?

–No tuvo tiempo... Era la niña rica del pueblo, hija única prácticamente. Hizo todos sus estudios completos, pero nunca tuvo tiempo para leer.

–¿Qué decía sobre sus libros?

–Era una lectora muy curiosa. Ella el concepto que tenía de mis libros es que todo eso que hay ahí yo lo he sacado de alguna parte. Identifica todo el tiempo. Y de repente: "Ah, aquí aparece mi compadre tal como si fuera marica, qué pena, si ve este libro, se va a dar cuenta de que es él", y me dice: "De mi compadre se decía eso, pero no era marica".

–Entonces ella se metía mucho en sus escrituras.

–Te cuento el caso concreto de la Crónica de una muerte anunciada, que es un episodio de la vida real. Hasta tengo demanda por daños y perjuicios. El problema de ese libro, para mi madre, es que a la madre de Santiago Nasar, cuando en la realidad vio que lo venían persiguiendo, nunca se le ocurrió que lo iban a matar a él, sino que le iban a hacer un escándalo adentro de la casa. Por eso ella cerró la puerta, para que el escándalo sucediera afuera. Y lo mataron a su hijo contra la puerta. Cuando eso pasó, en 1950, yo era periodista en El Heraldo. Mi madre vivía en la casa de al lado. Cuando supo que yo estaba escribiendo sobre eso, me rogó que no siguiera mientras la madre de Nasar estuviera viva.

–¿Y el escritor le hizo caso a su madre?

–Yo le hice caso... Esta señora vivió muchos años; cuando murió, yo estaba en Barcelona, le hablé por teléfono a mi madre y le dije: "Voy a escribir el libro". Mi madre me dijo: "Bueno, pero con mucho cuidado". Lo escribí, lo publiqué y enseguida los periodistas agarraron el hilo, se fueron al pueblo y destaparon los nombres reales. Mi mamá me llamó por teléfono y me dijo: "Hijo mío, yo nunca te he pedido nada –cosa que me decía todos los domingos cuando nos hablábamos–, yo nunca te he pedido nada pero te voy a rogar que hagas recoger ese libro que está haciendo mucho daño a una familia que queremos mucho". Y yo le dije: "Madre, hay un millón de ejemplares en la calle". "Hijo, yo sé que cuando quieres, lo logras todo". Un carácter fuerte el de mi madre. Y siempre comentándome al leer mis libros: "Esto no fue así, esto fue de otra manera".
(...)

–Ya no le voy a preguntar cuál es la mejor pregunta que jamás le hicieron.

–Entonces me preguntarás cuál es la pregunta que nunca me han hecho y quisiera que me hicieran. Me las han hecho todas. Todas. Otro problema que tengo con las entrevistas es que, aunque me hacen preguntas que seguro ya me han hecho, yo trato de dar respuestas distintas.

–No le gusta repetirse.

–No, hombre. No me gusta que un día tú te encuentres con que ya había la misma respuesta antes. Yo no olvido que soy periodista.

–Haga de cuenta que los chicos del colegio de al lado le preguntan de dónde venimos y adónde vamos.

–Yo ya voy a cumplir 70 años y esa pregunta empieza a hacérsela uno en la recta final. Es curioso, tengo muchos amigos que estaban cumpliendo 70 años y uno no preguntaba nunca qué edad tenían. Es que a partir de los... ¡Santo Dios, qué te hizo el grabador!

–Deme un segundo, doy vuelta la cinta.

–¡Santo Dios, y se nos ha perdido para siempre la frase fundamental de la entrevista! (Cierra los ojos con la carcajada)... Bueno, te decía que a partir de los 50 se celebran los cumpleaños por décadas. Pues mira, si ves como que te acercas al límite del horizonte, esto tiene una ventaja: después de los 70 sabes que no puedes perder un golpe, debes ser absolutamente certero, y ese es muy buen programa de vida. Ya no puedes darte el lujo de andar desperdiciando golpes.

–Entonces entiende la juventud como un gran despilfarro.

–Hombre, lo es. Y sobre todo se dispara con escopeta de regadera a ver qué cae.

–¿Qué me dice de la mentada muerte?

–Lo único malo de la muerte es que es para siempre. Lo demás, todo es manejable. Pero esta sí que es una trampa, habernos metido en esto tan difícil y después...

–¿Qué siente por la fulana?, ¿miedo, asco, pánico, bronca?

–Rabia, rabia. Porque es una cosa que siempre ha estado ahí, pero a partir de un momento empiezas a darte cuenta de que tarde o temprano te recibe. Entonces, ¡es rabia la mía!

–Uno, cuando niño, siente que la muerte nunca le va a pasar. ¿Hasta cuándo le duró a usted esa creencia?

–Yo jamás pensé en mi muerte. Empecé a pensar en eso hacia los 60.

–¿Recuerda el momento?

–Lo recuerdo exactamente: fue una noche, estaba leyendo un libro y de repente pensé: "Caray, me va a pasar, es inevitable, es así". Antes no había tenido tiempo de pensar en eso. Y de pronto ¡paf!, caray, que no hay escapatoria.

–¿Y ante la imposibilidad de escapatoria?

–Siento una especie de escalofrío.

–El caso es que se pasó sesenta años creyendo que sólo se morían los demás.

–Verdad, ¡sesenta años de puro irresponsable! Yo lo resolvía matando personajes.
(...)

–Bueno, dígame una cosa: ¿qué clase de entrevista me quiere hacer usted?

–Vine a conversar, García Márquez. No creo demasiado en los interrogatorios, las preguntas me parecen de importancia relativa. Tantas veces somos esclavos de nuestras preguntas...

–¿Y en qué crees entonces?

–En los climas que se logran con el sabio azar de la conversación.

–Yo le tengo terror a la grabadora, no por mí, sino por ti, cuando llegues a tu casa y tengas que transcribir esta conversación. Pero de todas maneras te digo que siento una gran nostalgia de reportero. Tengo talleres de reportaje. Primero, estoy convencido de que es un género literario. El reportaje es reconstruir la noticia completa y hay que volver a él... Sufrí mucho haciendo mi último libro, el reportaje de los secuestros. Tengo la impresión de que los secuestrados nunca terminan de reponerse del todo. Yo le dije a Maruja Pachón: "Tú sigues secuestrada".

–Y ahora, ¿se puede saber en qué anda?

–Paré tres meses. Tres meses sin crear, pero ya tengo tres historias atrasadas y las tengo como si las hubiera escrito. A mí se me ocurren ideas, historias y no tomo nota, las voy dejando ahí. El método de selección que tengo es que la historia que se me olvida es porque no me interesa más.

–Era olvidable. Adiós.

–Verdad, era olvidable. Yo pongo a prueba mis historias así: empiezo a contarlas a mis amigos... cuento cuento y cuento. Y algunas van enriqueciéndose a medida que las cuento; otras desaparecen, no me interesan más.
(...)

–Por estos días escucho en Colombia una canción con un estribillo que dice: "Y dónde irán los muertos / quién sabe adónde irán...". ¿Cómo responde usted a la pregunta de la canción?

–Yo pienso que es como que se apaga la luz. Yo he estado anestesiado para mi operación y no he sido consciente de eso sino cuando desperté. Si no me hubiera despertado, jamás me hubiera dado cuenta de eso. Lo que es muy inquietante es la idea del tránsito, el paso de...

–La idea del túnel que va desde el aeropuerto al avión.

–Así es. Sabes, yo le tenía terror al avión. Pero ahora le tengo más terror a los aeropuertos. Son horrendos: cómo se sufre, cómo se desespera uno allí. Y no tengo dónde esconderme... Pero si uno se pone a pensar en los aviones, se da cuenta de que en ellos está a salvo de una enorme cantidad de peligros de tierra firme... Un infarto te da en cualquier parte, un carro te puede atropellar, un tipo te ve y te puede pegar un tiro, también un techo se te puede caer encima. También en tierra firme puede haber un terremoto. La única parte donde estás a salvo de un terremoto es en un avión. Esto, por supuesto, no te quita el miedo al avión.

–¿Cuál es su gran miedo?

–El mayor de todos mis miedos, generalmente el único que me preocupa, es el miedo al ridículo... ¡Uf, soy terriblemente tímido! Me aterroriza presentarme en público, hablar, entrar en un salón lleno de gente. Es que yo soy un tímido esencial. Es más, me han sucedido cosas para las que no estaba preparado. Me he ido preparando para escribir, para ser escritor, pero no he estado preparado nunca para la fama. Y no soy hipócrita en eso: es muy agradable la fama. Pero más allá del afecto, hay un límite en el que uno no sabe qué hacer con eso. Yo, al menos, me he propuesto siempre ser amable con todo el mundo, y eso es mucho más agotador. En fin, yo me preparé para ser escritor, pero no tomé en cuenta la fama. Esto lo sintetizo con una boutade: yo hubiera sido feliz de que mis libros fueran póstumos. Es decir, feliz de haberlos escrito pero no de tener que sufrirlos.