Querencia

Escucho música de fondo. con ritmo de tambores, con calor latino.

Por Emilio Vera Da Souza ( Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla. )

Calor a pesar del invierno en la Ciudad de Mendoza. Una ciudad llena
de gentes de todos lados, llena de lugareños que pasan y pasan, de
turistas que miran y pasan, de visitantes de la Cumbre del Mercosur,
que miran y pasan y de periodistas de todos lados, que miran,
escriben, fotografían, graban y pasan.
Mendoza es una ciudad viva. Fría por la temporada de invierno, por la
nieve en sus montañas, por el calendario. Mendoza una ciudad caliente
por sus habitantes, por sus visitantes, por sus comidas, por sus
vinos, por sus hombres y mujeres.

Veo a las personas que pasan y me veo a mi mismo sentado escribiendo
frente al vidrio del bar, mirando los colores, las caras, las
vestimentas, los gestos y movimientos de los que pasan por ese cine,
sin cortes, sin edición, que es la ventana por donde miro.
Unos comentan sobre el paro de Moyano, otros sobre si hay o no hay
nafta en las estaciones de servicio, por las acequias con hojas de
otoño, preguntan si hay cola en los cajeros, si hay diarios en los
quioscos. Unos pasan apurados a sus trabajos, otros meditando
concentrados, otros a los besos enamorados. Un distraído quiere cruzar
la calle mientras habla por celular y el conductor de un auto gris le
toca bocina.

Hay jovenes saliendo de las escuelas, a los empujones, a los saltos,
escuchando musicas por sus telefonos con mp3. Hay mujeres tomando té
en las mesitas del café de la vuelta. Dos escribanos saludan a un
abogado, mientras un cieguito vende numeros de la suerte en sus
versiones de la vespertina, la nacional, millones acumulados dice el
tipo, incitando a la suerte. Una mujer con sobretodo que le cubre el
batón pasa el lampazo por su vereda de baldozas rojas. Brillante
vereda por la que hay que caminar con cuidado para no patinar su uno
anda con zapatos de suela de cuero.

Algunos pueden verse en mangas cortas porque el sol está a pleno por
las tardes, otros con saco de paño y bufanda porque salieron temprano
y aun no vuelven a sus respectivas casas. Otro comparte unas galletas
de un paquete que carton con la compañera de trabajo que pasa fumando
mientras se escapa de la mirada furtiva de su jefe.
Hay personas con mochilas, otros con bolsas de supermercado, otras
más con paquetes de regalos. Un gringo bien colorado lee un libro
sentado frente a una cerveza en la vereda del sol y otro más allá come
un bife acompañado de un barbudo ambos con copas de vino tinto a la
mitad.

Pese a lo gris del invierno, la ciudad es colorida. Y a mi me gusta mi
ciudad. Un lugar amable, un lugar que por momentos adquiere la
velocidad de una urbe gigante y en otro rato la quietud de la siesta
en un pueblo chico. Un pueblo donde la gente se mira dos veces y donde
las chicas más lindas son realmente muy lindas. Ciudad de niños
jugando en las plazas, de chicos en bicicleta, de puestos de flores en
la Alameda, de viejos en los bancos de las plazas. Mendoza de noche y
Mendoza de día. De largas sobremesas. De cortas siestas. De color de
humo por las tardes, de fríos de tornillo al ocaso. Ningún otro lugar
es similar y todos los lugares quisieran parecerse un poco a Mendoza.
Cuando algunos extranjeros llegan para hacer negocios y conocen los
detalles de Mendoza, ya no se quieren despedir. Inclusive algunos se
quedan por amor, para criar hijos. Mendoza es un lugar que se extrana
o un lugar para elegir para siempre.